Eduardo Martinez
Qué fantásticos los dedos
revoltosos correteando por las teclas, fabricando sonidos.
Qué fantásticas las mujeres que han
pasado por mi vida, las que se quedaron tiempo, y las que no. Qué suerte he
tenido.
Qué fantásticos los días de sol, y
los de lluvia.
Qué fantásticos los amaneceres, y
los anocheceres. Los acompañados, y los solitarios.
Qué fantástico ser padre, y ser
hijo.
Qué fantástica la sensación de
estar en la mar, alejado de tierra, oyendo sólo el chapoteo del agua contra el
pequeño barco.
Qué fantástico un día de nieve en las alturas. O dentro de
casa.
Qué fantásticos los árboles
hermosos. Y los más viejos. Y pensar a su lado, cuantas cosas podrían contar si
hablasen.
Qué fantásticas las flores, con
todos los colores infinitos, a pesar de que sean temporales.
Qué fantástica la amistad, y los
secretos compartidos, y respetados.
Qué fantástico ver como todo lo que
me rodea va creciendo, aunque conlleve que yo envejezca.
Qué fantásticas las ilusiones
nuevas, y las metas conseguidas.
Qué fantástica la sensación de
tener en las manos un libro propio.
Qué fantástico el mundo.
Qué fantástico el ser humano, todos
los seres humanos.
Qué fantástica la música, toda la
música. Y cualquier ópera que emocione.
Pero que pena no leer más de
Neruda, porque ya no puede escribir, y
porque yo no podré leer más.
Qué pena no leer todos los libros
que quedan, y los venideros.
Qué pena recordar amaneceres,
conversaciones, rostros, sensaciones, y saber que ya no hay tiempo para más.
Qué corto se hace el espacio para las despedidas.
Qué pena tener los ojos llenos de
ayer.
Qué pena tener que despedirse.
Qué pena pensar que acabare siendo
un olvido más.
Qué tristeza abrumadora al tener
que decir adiós.

No hay comentarios:
Publicar un comentario