Lucía Pravia
Te vi sólo un
día de toda mi vida. Un maravilloso día que se presentó por casualidad y que no
olvidaré jamás.
Fuiste un gran
guía en esa ciudad tuya que tanto amas, Nápoli. Nos llevaste a Capri,
enseñándonos la isla desde una barquita. Sus costas, sus aguas, sus faraglioni…
El arco de los enamorados, cuya leyenda me permitió acercarme y darte dos
besos… aunque hubiera preferido uno solo, pero en tu carnosa boca. Nos llevaste
a comer a Anacapri, y te pregunté dónde podía comprar tabaco.
Recuerdo que oía
tu voz muy lejana, apenas audible. Sólo veía tus ojos, verdes, profundos,
intensos… Naufragué en ellos, y te diste cuenta por la sonrisa pícara que
acerté a ver cuando volví al mundo real.
Hace más de 8
años, y aún se me estremece el cuerpo al recordarte.
Me esperaste a
la salida del restaurante, aunque ya era tu tiempo de descanso. Me enseñaste
dónde estaba el chocolate de limón, que estaba escondido en la tienda de
limoncello. Entré a comprar y te quedaste fuera esperando, pero uno del viaje
entró detrás mía y creíste que íbamos juntos. Cuando salí ya no estabas. Cómo
me reprocho no haber tenido reflejos para avisarte, para que no te fueras… No
hubo más que un par de besos en la mejilla, una despedida con abrazo incluido…
Tenía esperanzas de volver a verte…
Un día
inolvidable y poco aprovechado. Unos ojos verdes que me llevaron a otra
dimensión, tan lejos, tan dentro…
A pesar de lo
casto de nuestro encuentro, a menudo te recuerdo y siento que fue la más
profunda relación que he tenido, por absurdo que sea.
Te quise y te
sigo queriendo, ojos verdes, amor platónico de verano.
Tuya siempre,
Xxxxx
P.D.: En un
rincón de mi corazón aún albergo una esperanza de que el mundo gire lo que haga
falta para volver a encontrarnos…

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