Eduardo Martinez
Desde aquel adiós, llevo conmigo la desgracia, la sordidez… y hasta
los recuerdos que no hubo.
Entro en el baño, y aún huelo -me engaño, lo sé- tu perfume tras la ducha…
Amanecía cada vez que entrabas por la puerta.
En mis ojos, desde entonces, el brillo húmedo de la infelicidad.
Y ahora, con la vejez fusilando mis escasos encantos, tu
impresencia se hace más presente que nunca.
A mi lado, -constantemente agazapado, vengativo- el futuro que no tuvimos…
Frágil, vulnerable -como un pajarillo entre el grisú- me quedan apenas
las fechas compartidas.
Se acerca la Navidad, y en ella tengo que llorar -solo, abandonado- mis
penas acumuladas.

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